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Comentario: 'Frente al silencio'
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Testimonios de la violencia en Latino América
Rodrigo
Erazo R "En
la medianía del cuerpo
Veintiocho
autores de diez países latinoamericanos entre México y el Cono Sur, participan
en la elaboración de esta obra, fruto de los trabajos presentados al Encuentro
Internacional: Transición a la Democracia y Violencia en Latinoamérica
(Ciudad de México, 1998). El libro se
estructura en base a tres capítulos (Condiciones de la violencia, Escenarios
de la violencia e Intervenciones y alternativas frente a la violencia)
más un epílogo (Una reflexión sobre la memoria y el testimonio en América
Latina). Aún cuando
una buena parte de los temas están tratados desde una óptica psicológica
o terapéutica, esta mirada se equilibra con los aportes ofrecidos desde
los campos sociológico, antropológico, educacional y político. Es cierto que
la amplitud involucra tanto riesgos como oportunidades. A nuestro juicio,
está publicación sortea exitosamente los riesgos, en tanto que aprovecha
la ventaja de aportes que provienen de experiencias diferentes tanto en
lo geográfico como en lo cultural y profesional. Diversas dualidades
van emergiendo a través de la lectura. Oposiciones, más bien, como aquella
que está contenida ya en el título: silencio vs. Testimonio. A la triple
dimensión de la violencia reseñada -económica, política y social- se opone
un silencio que surge a menudo desde el miedo, la desconfianza, la complicidad,
la pasividad, la desinformación; así lo subraya con fuerza, datos y argumentos
Florence Rosemberg en Las formas que toma la violencia en el mundo contemporáneo. La violencia
y sus múltiples discursos circulan y se reciclan sin parar frente a nosotros.
La novedad, afirma Estela Troya, "... son los ojos, la mirada, el lugar
desde donde vemos, sentimos, pensamos". La real diferencia estaría en
el rechazo a la violencia como condición necesaria o inevitable en las
relaciones humanas vía la generación de alternativas de convivencia más
elaboradas y complejas (y por lo mismo, reconoce ella, difíciles de alcanzar).
Desde una perspectiva sistémica de análisis, con un guiño construccionista,
Troya propone la generación de una nueva "epistemología de la convivencia". Tan antigua
como la misma convivencia social, tan repetida como ella, casi como su
sombra, está la cuestión de la impunidad de los responsables. En una penetrante
e informada exploración histórica y política, Elizabeth Lira recontextualiza
el tema de la verdad, de la memoria y de la justicia con respecto a los
crímenes y a las diferentes formas de violencia desplegadas por el Estado
chileno, tanto durante las dictaduras como dentro de regímenes que han
pasado por ser democráticos. En cierto sentido
el texto de Lira es una suerte de crónica sobre el modo en que la reconstrucción
de la verdad ha sido posible, aunque sea parcialmente, en nuestro país.
Es decir, cómo fue que esta verdad se constituyó, en lo medular, desde
la exigencia de verdad y justicia sobre casos singulares expuestos porfiadamente
ante los tribunales por los abogados de DDHH, a pesar de la consabida
negación de la misma por parte de quienes tenían la obligación de ejercerla
por medio del Estado. Más allá de
la denegación de justicia, Lira apunta al modo en que estos textos (recursos
de amparo, de protección, apelaciones, etc.) fueron armando una suerte
de densa trama narrativa que luego se iría trenzando con los aportes sociales,
médicos, terapéuticos, provenientes del trabajo desplegado por las mismas
organizaciones de derechos humanos que iniciaron las acciones legales,
para así poder escribir sobre una Verdad. La contribución
de Isabel Piper (Análisis crítico del trabajo psicológico en violencia),
constituye una reflexión de aguda resonancia para quienes trabajan sobre
el tema de la violencia en general, y en particular a aquellos profesionales
que lo hacen sobre la violación a los DDHH y sus consecuencias. Piper plantea
que, en tanto las prácticas y conocimientos generados por esos profesionales
se van convirtiendo en parte del mismo proceso, es preciso constituirse
a la vez, y de manera permanente, en "objeto de la propia reflexión". La autora critica
el proceso por el cual la institucionalización de la acción en DDHH ha
ido tecnificando el problema, "…transformándolo en un conjunto de medidas
administrativas y al mismo tiempo en un problema psicológico que debe
ser resuelto al interior de los consultorios clínicos". Más allá, critica
la promoción de un concepto de "violencia privada, como un espacio despolitizado,
que debe ser resuelto en el ámbito de lo individual". Es claro entonces
su manifiesto acuerdo con el rescate de lo político como algo inseparable
del concepto de violencia. Así, no habría lugar a suponer una suerte de
práctica psicológica "aséptica" cuando tratamos de la violencia, independientemente
del ámbito en que esta se verifique. Esta postura
tendrá plena acogida en el trabajo de Gabriel Araujo y Lidia Fernández,
Violencia institucional y subjetividad. Aquí, los autores parten coincidiendo
en la franca oposición que alcanzan los términos violencia y palabra en
un determinado contexto de significados, al menos. De inmediato se interrogan,
sin embargo, acerca de la posibilidad de una distorsión generada en el
plano de la construcción de significados, atributos o connotaciones desde
el aparato que organiza y distribuye tales conceptos, es decir el "poder". Así, es posible
que la palabra adquiera también la connotación de violencia en una doble
forma: en tanto se hace presente para usarla efectivamente como tal, o
bien para ocultar o enmascarar sus acciones (aquellas que se verifican
desde ese mismo "poder"). (Plena de sentido
se nos antoja esta formulación, sobre todo cuando traemos a la memoria
la eficaz metodología de encubrimiento y descalificación utilizada por
las dictaduras en general y en concreto por la de Pinochet. Podemos recordar
a manera de ejemplo, el uso comunicacional de términos como el de "presuntos
desaparecidos", aquí, mientras la palabra ("presuntos") oculta, al mismo
tiempo denuncia, machacona e incansable, la falsedad de aquellos a quienes
se pretende desvirtuar y satanizar). Sin embargo,
la posición de Araujo y Fernández enfatiza por otra parte la necesidad
de recuperar la palabra como "instrumento de lucha en contra de la violencia
ejercida". Como ellos apuntan,… "que sea la palabra la vía de acceso para
nombrar ese lugar en que el silencio[…]se vuelve condición de muerte". La crítica
de los autores al aparato productor de subjetividades y significados va
más allá de la denuncia política de las dictaduras, alcanzando a la propia
noción de "sociedades en tránsito a la democracia". La discusión que los
autores hacen sobre esta materia aparece sostenida por un conjunto de
elementos sociales y políticos aportados por ellos, y que por obvias razones
de espacio no es posible exponer aquí, aunque si invitar a los lectores
a dirigir su mirada sobre este planteamiento, pleno de vigencia. Nos parece
interesante destacar la acción delimitadora que los autores hacen sobre
la violencia social, … "entendiendo ésta como la violencia que se dirige
hacia la ruptura de lazos sociales, es decir, de aquello constituido por
la relación del sujeto con los otros y que lo constituye como sujeto colectivo". La capacidad
destructiva y disolvente de la violencia sobre el entramado social, se
encuentra en buena mediad representada en cada uno de los trabajos relacionados
con las propuestas específicas de los distintos colaboradores del capítulo
Intervenciones y alternativas frente a la violencia. La posibilidad de
un análisis más en profundidad sobre cada una de esas experiencias se
encuentra ciertamente limitado por el espacio. Diremos sin embargo que
constituyen una muestra representativa de trabajo social, educacional
y psicosocial sobre temas de género, violencia, vida comunitaria y violencia,
para citar algunos de ellos, y que resultan un buen ejemplo de las caracterizaciones
más globales que aquí se han reseñado. El epílogo
de Raymundo Mier de alguna manera regresa sobre la cuestión de la palabra
perdida y la recuperación y delimitación de los diferentes nombres de
la violencia. De nuevo, encontramos
aquí una invocación a una actitud, a un tipo de práctica que es innegable
e inevitablemente política. "Lo que hace posible, deseable la acción política
-sostiene Mier- es esta voluntad de recobrar el tiempo, de recobrar la
posibilidad de imaginar un olvido sobre la tierra fértil de un pasado
que acoja la vida presente. A pesar del fracaso". Procurando
rescatar una formulación original de Benjamín sobre una violencia de purificación,
Mier reafirma su confianza en una violencia reactiva, entendiéndola como
aquella "… que surge de la negación misma del sentido de degradación y
de sometimiento inherente a la violencia de la negación misma del sentido
de degradación y de sometimiento inherente a la violencia primordial de
la ley…", y también como "… interrogación sobre la responsabilidad, sobre
la posibilidad de encontrar en el otro una alianza para formular una respuesta
inaudita ante toda voluntad de sometimiento…" En suma, nos
encontramos en este libro frente a una visión caleidoscópica y fecunda
sobre la inagotable cuestión de la violencia social en nuestro continente
y sus diferentes nombres, sobre sus actores, sobre el trabajo de reparación
en la víctimas y los encargados de procurar la prevención de los modos
actuales de reproducción y sostén de la violencia institucionalizada. No es este
un libro "técnico" sobre el tema. Esta es quizá la palabra que provocaría
el más unánime rechazo de todos los autores de esta publicación. Sin embargo,
los autores son profesionales no sólo de un determinado campo del saber:
lo son también, y sobre todo de un compromiso militante, consistente,
sostenido, en un campo de trabajo caracterizado por el propósito de la
superación de modos distorsionados y brutales de convivencia. Resulta claro que la efectividad de su acción no sólo depende de su éxito profesional y particular, sino de la convocatoria social más amplia a la que pueda aspirar su quehacer, talvez cada uno de los últimos reductos éticos del ser y del hacer humanos. |