El
16 de octubre de 1998 quedará grabado en la memoria de todos los chilenos,
especialmente en la de aquellos que aún viven en los países donde se refugiaron
después del golpe militar de 1973. Se trata justamente de la recuperación
de esta memoria en el caso Pinochet y de la movilización activa
realizada por los ex-refugiados y sus hijos. Y son éstos últimos, los
que con su presencia y compromiso asumen la lucha contra la impunidad
de Pinochet, quedando en evidencia la relación con la memoria familiar
del exilio.
El
problema de la memoria es el tema central en esta investigación.
Esta es tratada como un proceso dinámico en constante reelaboración. A
pesar de que la memoria del exilio chileno se haya forjado en un contexto
dramático, impregnado de sufrimientos y que se encuentre polarizada entre
el peso traumático del pasado y la necesidad del olvido, es una memoria
que no está capturada al pasado. Al contrario, la memoria es definitivamente un
acto del presente, porque está inscrita en el tiempo y el espacio. Es
lo que manifiesta San Agustín y reivindicado por Maurice Halbwachs: "recordar
no es revivir, sino reconstruir un pasado a partir de los marcos sociales
del presente".
La
transmisión de la memoria familiar, en un país que no es el de los padres,
se inscribe claramente en un proceso de recomposición. Los hijos de los
refugiados, socializados en Francia y pertenecientes a una generación
socio-histórica diferente a la de sus padres, no reciben directamente
los contenidos de la memoria paterna. Por el contrario, ellos realizan
un "bricolage".
De
esta manera, concurrimos, durante el caso Pinochet, a un verdadero
regreso de la memoria para los ex-refugiados chilenos y a una redefinición
de ésta en el caso de sus hijos,
quienes al participar en una movilización activa, buscan apropiarse
de su herencia familiar.
·
La memoria en
tensión
Los graves
atropellos a los derechos humanos cometidos por el régimen militar chileno, tienden a ser ocultados en Chile, donde las leyes
de impunidad y de silencio contribuyen a la "mala memoria" del
país, según lo expresa el escritor chileno Marco Antonio de la Parra.
La memoria colectiva es negada, especialmente la de las víctimas, lo que
hace imposible la simbolización de la muerte y dificulta el trabajo de
duelo. El dolor permanece omnipresente, una herida que el tiempo no puede
cicatrizar, pues la memoria pareciere estar paralizada en un tiempo suspendido
fuera de las leyes naturales, donde los ausentes están eterna y profundamente
presentes.
Las
víctimas, del sistema represivo, son
negadas, olvidadas e ilegítimas. Por tanto, los refugiados chilenos,
en la mayoría de los casos, llevan sobre sus espaldas el peso de la culpabilidad,
e incluso en un comienzo se sienten responsables de la derrota.
Esta
culpabilidad se exacerba por su misma condición de sobrevivientes. Los
que lograron sobrevivir a las torturas, a los campos de concentración,
en relación con los millares de compañeros que murieron en estos lugares,
se sienten culpables de estar vivos entre los muertos,
culpables además de haber hablado bajo la tortura.
También
se sienten culpables de permanecer aún en Francia, a pesar de haber jurado,
a si mismos, volver lo más pronto posible a Chile para reconstruir la
democracia que, hoy en día, se construye sin ellos. Este sentimiento,
durante los viajes que realizan los exiliados chilenos al país, se ve
sustentado por reacciones de rechazo de parte de sus propios compatriotas,
quienes los tratan de traidores, cobardes o privilegiados. De haber disfrutado
un "exilio dorado"
en los desarrollados países europeos.
Para
mitigar estos sentimientos los refugiados chilenos tan pronto llegan a
Francia, se arrojan a un militantismo frenético contra la dictadura, prefiriendo,
de esta forma, "dejar a un
lado" las duras experiencias que acaban de padecer.
Así es como el silencio envuelve los sufrimientos de cada cual, rechazando
los recuerdos dolorosos, reprimiendo los traumas, sin por eso olvidarlos.
De
hecho, ¿cómo olvidar lo inolvidable? La memoria de la violencia se desliza
por los resquicios de la vida diaria, lista a reaparecer a raíz de una
broma, o de un encuentro con las autoridades policiales francesas, enfrentando
esa moda que visten sus propios hijos, de uniformes color kaki y botas
negras. Y el recuerdo no es sólo evocación de hechos anteriores, sino,
a su vez, es también un retorno
físico a violentas emociones. La memoria se inscribe en el cuerpo mismo,
cuerpo que ha sido martirizado, manifestándose por dolores violentos de
cabeza, intestinales, trastornos de sueño y otros. Todo ello, expresiones
somáticas que traen el recuerdo de los sufrimientos pasados. Sin embargo,
si "hablar es imposible", "callarse está prohibido"
y un verdadero "deber de memoria", como dice Primo Levi,* se
impone a los exiliados.
La
memoria del exilio chileno se debate entre varias tensiones opuestas...está
"adormecida" dicen hoy día, estos hombres y mujeres que se quedaron
en Francia, tironeados entre su país de origen y el de asilo, la existencia
que allí reconstruyeron, la pertenencia de sus hijos a esta sociedad de
la que no quieren separarse. Existe al mismo tiempo, un Chile lejano que
ellos aman y odian a la vez, y que sublimado por el exilio sufrido, se
les impone como su único y verdadero lugar de pertenencia: Amalia, 50
años, exiliada en Cuba en el año1974 y retornada a Chile en 1986, habla
del exilio como "una división
interna que ha dejado su corazón y su alma en Chile".
Cuando
el caso Pinochet comienza, los refugiados chilenos de Francia
se encuentran en una fase particular de su trayectoria: el post-exilio.
Después de 20 o 25 años que han
vividos en este país, ellos han experimentado una cierta aculturación,
o sea han "bricolado" las diferentes piezas de las dos estructuras
socio-culturales, cuyo recorrido ha permitido tender un puente entre las
dos sociedades, reinyectando sentido y coherencia a las trayectorias quebradas
por el golpe de Estado en 1973. Por una parte, sus elecciones profesionales
y políticas lo reflejan. Por otra, sus viajes a Chile les permiten reanudar
los lazos familiares, así como también poder medir la amplitud de los
cambios negativos observados en el país, y valorar, entonces, las garantías cívicas y sociales del Estado francés. Sin embargo, la nostalgia, doloroso corolario
del exilio y el desgarro permanente se impone
por una situación disociada ("entre-deux"), caracterizada
por un regreso deseado, pero postergado constantemente donde el presente,
pasado y futuro se entrelazan al dolor de una memoria en carne viva, polarizada
entre el sufrimiento privado de los recuerdos, la culpabilidad y la inhibición
colectiva. Esta situación es lo que el caso Pinochet viene
a conmover.
El
caso Pinochet y el regreso de la memoria
- La
victoria de los vencidos : la inversión de los roles
Aquellos
que, por mucho tiempo, fueron aplastados por la altanería insultante del
ex-dictador, que todos creían intocable, vuelven a la escena internacional
y aparecen como los protagonistas de una lucha ejemplar.
De vencidos, responsables de la derrota, los ex-refugiados se ven asimismo
como los vencedores, los héroes de la historia contemporánea chilena.
La justicia internacional, al designar oficialmente al responsable de
la muerte de sus compañeros, reconoce su historia, mientras que sus viejos
sufrimientos, por largos períodos,
ahogados por la negación del Estado chileno y por represión propia,
se convierten en la herramienta de la caída de Pinochet. Es justamente
su condición de víctima lo que, en Europa, le atribuye a los exiliados
un poder jurídico activo, lo que permite que, hoy, sean ellos quienes
hagan temblar al ex-dictador.
"Por primera vez sentimos que servía para algo. Que no sólo habíamos
recibido golpes sino que podíamos hacer que lo vivido sirviera para algo!
[...] Nos dimos cuenta que habíamos vivido cosas de las que, a menudo,
no habíamos hablado y, entonces, este pasado seguía siendo algo que no
podía ser reivindicado, y en ese momento nos dimos cuenta que nuestros
testimonios tenían una suerte de poder muy importante y que con todo esto
podíamos hacer algo! Antes esto no servía para nada, bueno, ibas a Amnistía
Internacional y contabas, presentabas tu testimonio que terminaba en un
informe anual perdido por ahí... y entonces, tuvimos la sensación de tener
un arma entre las manos, un arma con la cual podíamos golpear." Claudia,
50 años, exiliada en Francia desde los años 70, ex-presa política.
De
esta manera, la inversión de la correlación de fuerzas, la nueva distribución
de responsabilidades, el vigor simbólico que toma la reivindicación del
estatus de víctima, conllevan un cambio radical de la relación que los
refugiados tenían con la memoria. Esta pasa del estado de memoria reprimida,
al de rememoración consciente y reivindicada por la palabra tomada públicamente.
Además,
son los exiliados los que se quedaron en Francia, después del referéndum,
quienes retoman la bandera de lo que les parece ser la verdadera batalla
contra la dictadura, en vez
de participar en la reconstrucción de la democracia chilena, De hecho,
la actitud del actual Gobierno chileno les parece más que ambigua, revelando
la distancia teñida de desconfianza que tienen frente a la democracia
chilena.
El entonces Ministro de Relaciones Exteriores chileno, Juan Miguel Insulza
solicita el regreso de Pinochet a Chile, dónde asegura que será juzgado.
Pero los exiliados desconfían del aparato legislativo chileno, que ha
garantizado una impunidad (casi) perfecta a los represores y además, no
depositan grandes expectativas en la Concertación. Para ellos, se trata
de una "manipulación vergonzosa",
cuyo objetivo es proteger
al ex-dictador. Los exiliados creen que sólo su acción militante desde
el exilio, junto a la acción jurídica de los Estados europeos, puede llegar
a encaminar un verdadero proceso judicial contra Pinochet.
Por
tanto, los exiliados van a involucrarse honesta (entera? ) y frenéticamente
en una larga movilización para exigir el juzgamiento del ex-dictador en
Europa y para "luchar contra
su impunidad". Las formas que toma esta movilización, así como
las prácticas que en ella se desarrollan, son realmente exhumadas
desde el pasado.
·
El regreso estructural de la memoria
Las
consignas, las pancartas, los discursos pronunciados durante las numerosas
reuniones, incluso las divisiones que fortalecen las redes comunitarias
que se han reformado, hasta la evolución de éstas ultimas, recuerdan de
hecho las experiencias fundamentales que los refugiados han conocido:
la Unidad Popular y los comienzos del exilio. El pasado reaparece, el
grupo revive, a través del uso de los antiguos gestos, palabras y
prácticas, sus estructuras intrínsecas, ofreciendo a la memoria
colectiva del exilio chileno una nueva etapa de elaboración.
Durante
la movilización contra Pinochet, el acontecimiento fundador
que constituye la Unidad Popular está de regreso. En las manifestaciones
surgen algunos cánticos ("Venceremos", entre otros), como un
eco del pasado y la figura de Allende, quién parece representar una verdadera
divinidad tutelar, es invocada permanentemente: su rostro invade las pancartas
y reina sobre los manifestantes, así como en el living de muchas casas
de exiliados.
Los
tres años de la experiencia socialista chilena han sido vividos por sus
militantes y simpatizantes como un período eufórico, en el que, animados
por un fuerte entusiasmo revolucionario y por la certeza de estar participando
activamente en la elaboración de una Sociedad Nueva y de un Hombre Nuevo,
sentían que estaban construyendo la historia, una historia en la que las
trayectorias personales parecían abrazar las de la Nación. Se trata de
un período de referencia y también de un período mítico, con el cual algunos
siguen soñando.
Este mito de un período que hoy no sabríamos comprender
sin su fin trágico y sangriento, descarga, retrospectivamente, un gran
peso sobre estos tres años. La gran mayoría de los exiliados percibe esta
etapa histórica como una época feliz e ideal, intocable, cuya imagen ha
sido sublimada por la distancia y la nostalgia propias del exilio.
El
grupo va a encontrar, a través de las divisiones que lo alientan, sus
viejas estructuras. Inherentes a la acción política o a las tensiones
entre grupos ideológicamente divergentes, estos conflictos importantes
que agitan la red y que afectan su capacidad movilizadora, recuerdan de
manera pertinente las dificultades que la Unidad Popular tenía para federar
las corrientes políticas que la componían, y las batallas ideológicas
que dividían fuertemente a sus militantes. Estas divisiones continuaron
en el exilio, viviendo tensiones exacerbadas por la derrota, por el inmovilismo
político, tanto en Chile como en las redes sociales y políticas reconstituidas
en el exilio. Estas harían estallar rápidamente la aparente unidad que
la comunidad había encontrado al llegar al país de acogida. De la misma
manera, las divisiones provocadas por el caso Pinochet, despiertan
viejos rencores, provocan rabia, después de los felices reencuentros de
las primeras semanas de movilización. Luego, las asociaciones de carácter
cultural y social toman el relevo, consagrando la primacía de la afirmación
del "entre-soi" sobre la acción política, lo que recuerda la
evolución de las interacciones colectivas de los refugiados chilenos durante
las diferentes etapas de sus exilios.
Estos
modos de reagrupamiento y diferenciación estructuran la escena política
de los exiliados chilenos, y conforman el nexo entre pasado y presente,
permitiendo la reactivación de la memoria colectiva del exilio.
·
El "entre-soi" y la figura del exiliado
A
pesar del aspecto ejemplificador de este caso, cuyas acciones han sido
valoradas tanto por los medios de comunicación y, pese a la solidaridad
que la sociedad francesa ha tenido para con los refugiados chilenos, la
movilización, sigue siendo esencialmente un hecho de éstos últimos. Los
"franceses" están
ausentes de este movimiento: si bien, a veces, se solicita su apoyo (firmas
de adhesión, ayuda económica, etc.), su presencia efectiva en las manifestaciones
es muy rara. Estas presentan un carácter marcadamente comunitario: las
consignas, los volantes y las conversaciones que se establecen entre los
miembros conocidos, son mayoritariamente en español, con exclusión de
los no chilenos, aun cuando sean amigos de muchos años. En este contexto,
el proyecto, de formar una
comisión latinoamericana integrada además por argentinos y haitianos,
es abandonado al cabo de algunos meses.
Por
tanto, los desafíos de esta movilización se relacionan con el cuidado
y la conservación de una identidad reencontrada, conducida por un colectivo
encerrado en si mismo y que se reactiva constantemente, a partir de los
reencuentros comunitarios, expresados en
manifestaciones y fiestas.
Son los momentos de vuelta a sus raíces, a su identidad. Los refugiados
chilenos encuentran en la militancia, en el "être-ensemble",
(conjunto o colectivo?) una identidad valorizada que se había alterado
progresivamente desde el golpe de Estado. El exiliado chileno encarnaba,
de hecho, en la Francia de los años 70, heredera de las ideas del 68
y en el umbral de su crisis económica, al representante de un movimiento
revolucionario con el cual los militantes franceses podían identificarse:
el exiliado chileno era una verdadera figura heroica.
Los beneficios
que en términos de identidad, ofrecía esta imagen de héroe, no eran menores
para los refugiados chilenos; beneficios que reaparecen a partir del caso
Pinochet Los refugiados recuerdan y, por fin, recuerdan en voz alta.
·
La resolución
de los conflictos memoriales
Al ser
designado un culpable oficial, el caso Pinochet aminora la
culpabilidad de la derrota. Al fin, el deber de memoria puede cumplirse
e impulsa a tomar la palabra públicamente: efectivamente, la responsabilidad
que se le impone a los sobrevivientes de atestiguar por aquellos que ya
no están, les permite superar las dificultades que los llevaron a sumergirse
en los recuerdos traumáticos. Se trata casi de una reparación, hablando
y recordando no sólo por aquellos que ya no están, sino también
por ellos mismos.
La
palabra del sufrimiento, finalmente liberada, puede circular entre las
redes comunitarias y permitir la reconstrucción colectiva del sentido
de estas trayectorias, vividas, esencialmente en sus aspectos más siniestros,
de modo individual. El sistema represivo
y sobre todo el de la tortura, tenían como objetivo la destrucción del
ser, aislándolo de todas sus redes y marcándolo para siempre cuando "hablaba"
bajo el dolor despiadado, transformándolo, literalmente, en una
bestia que grita ("bête hurlante"), habiendo asesinado
al ser social y moral antes de destrozar al ser físico:
el sistema ha abolido el sentido. El silencio y la inhibición, la culpabilidad
exacerbada por la condena sin apelación de los partidos políticos clandestinos
de aquel que "cantaba".
Todo ello dejaba, a cada uno de los refugiados, aplastado bajo una pesada
carga individual. A través de los testimonios y las querellas, estos reencuentran
asimismo la huella de algunos detenidos-desaparecidos que creían haber
sido los últimos en ver, reconstruyendo la cadena de responsabilidades
de su desaparición. Esto les permite deshacerse, parcialmente, de la culpabilidad.
"Cuando
Pinochet fue arrestado...
entonces le encontré un sentido a mi historia. Antes se trataba de algo
individual, completamente individual, que me tocaba a mi, y que yo guardaba
porque era mi historia, mi problema individual y que no estaba ligado
a algo que pudiera hacer avanzar las cosas y es justo cuando Pinochet
fue detenido [...] que yo hice la conexión entre mi historia y ésta...
y en esta historia había todo un espacio para volver a lo que significaba
pertenecer a un movimiento
(colectivo ?) y no sólo individualmente
como víctima." Marcela,
46 años, exiliada en Francia en 1973, ex-presa política.
De
esta forma, el caso Pinochet permite a los exiliados
retomar en sus manos un destino sufrido desde 1973, cuando
fueron empujados a la clandestinidad, a los campos de tortura, de concentración
y detención, a las embajadas y consulados en países lejanos, con sus hogares
para refugiados. En fin, cuando fueron forzados a una existencia no deseada,
pero que han sido capaces de construir. Si durante años, su capacidad
de acción a nivel político, laboral, etc., estuvo parcialmente anestesiada,
ahora la reafirman y se la reapropian. El caso Pinochet tiene
un valor reparador para los refugiados: la lucha del exilio en el exilio
les devuelve sentido a su presencia en Francia.
Por ultimo,
el duelo de las experiencias trágicas es posible. Los muertos y los nombres
de los detenidos-desaparecidos son nombrados una y otra vez, sus fotos
son publicadas en los diarios, afiches y carteles, que los manifestantes
enarbolan, gritando que sus compañeros están "presentes ahora y siempre". Estos actos son, también, el lugar
de expresión de ritos de duelo, simbolizados por centenares de cruces
plantadas en maceteros y puestas en la calle, por los minutos de silencio,
por las velas protegidas del viento y por ese ataúd que queman de rabia
cuando Pinochet regresa a Chile en marzo del 2000. Todos estos símbolos
funerarios, representan "armas",
de impacto sobre la opinión pública, así como formas de "enterrar
a los muertos". Asimismo, el caso Pinochet le permite
a las víctimas de la dictadura realizar una catarsis.
"Tuvimos
la suerte de haber podido hacer una terapia colectiva con el caso
Pinochet [...] porque todos teníamos a nuestros muertos en los afiches,
los muertos, los detenidos-desaparecidos, habíamos puesto un manto sobre
nuestras cabezas, y decíamos, bueno esto hay que olvidarlo. Pero era una
manera de poder seguir viviendo. Y entonces pasó algo que permitió abrir
eso y todos estaban felices! [...] Pudimos enterrar de una vez a todos
los muertos [...] Si no enterraste a tus muertos no puedes vivir, porque
si no dejas a tus muertos en el pasado, el presente es inestable y el
futuro también. [...] Además, cuando viviste la derrota y sientes que
no puedes cambiar nada de esto, con todos estos muertos y desaparecidos
sobre el lomo, todo el tiempo...esto te apaga, vives con un peso."
Juan, 60 años, exiliado en Francia en 1974.
Las virtudes
liberadoras del caso Pinochet sobre la memoria reprimida van
a actuar también en el seno de las familias y van a trasformar el marco
de la transmisión de la memoria.
El
caso Pinochet y los hijos de los exiliados
- Los
fantasmas de la memoria
La memoria
familiar, marcada por el sello de las terribles experiencias vividas,
ha sido transmitida, durante mucho tiempo, de manera velada, a través
de sus silencios aceptados y de sus "fantasmas" atormentando
a los hijos. Los exiliados chilenos, enfrentados a sus recuerdos en tensión,
no le cuentan a sus hijos, con facilidad, lo que les sucedió. El horror
parece aún más difícil de verbalizar con ellos. De esta manera, la memoria
se transmite generalmente por fragmentos, con sus omisiones, sus mentiras
a veces, y sus momentos de
revelación en otros.
Los
hijos respetan estos silencios y zonas oscuras de la memoria y, en ocasiones,
hasta las apoyan, pues no quieren aumentar el dolor de los padres ni enfrentarse
ellos mismos al horror. Los silencios, sin embargo, son pesados, dejando
a la imaginación y a los fantasmas llenar los vacíos de una memoria que
se vuelve, incluso, más terrible e inaccesible a toda obra de apaciguamiento
y de elaboración.
No obstante,
los hijos de los refugiados cuentan con trazos de memoria extra-familiares:
se trata de los miembros de la comunidad chilena. Estos "tíos
y tías" de la migración. Son personas referentes en la medida
en que han recorrido los mismos periplos que sus padres. En Francia, también,
existe toda una literatura y filmografía sobre la historia contemporánea
de Chile que los hijos suelen consultar. Algunos de ellos elaboran parcialmente
imágenes y representaciones de la biografía paterna. Por ultimo, sea cual
fuere el grado de transmisión, todos los hijos expresan esta extraña impresión
"de haber sabido siempre" sin que fueran necesarias las palabras.
Mas allá
de los silencios, de las palabras, la transmisión de la memoria traumática
se realiza clandestinamente y pareciera ocurrir (haber?), en los hijos
de refugiados, un "hacerse cargo de los conflictos, de los traumas
psíquicos que pertenecen a la realidad vivida por los padres".
Escenas de violencia, llenas de tanques de combate, de fusiles y de llamas,
en las cuales los padres o ellos son los actores, invaden las pesadillas
de los hijos que construyen un teatro imaginario traumático.
Así, muchos de ellos se debaten entre estas imágenes de dolor y odio contra
los represores chilenos, un odio mezclado con miedo que se amplía a todo
organismo militar y de seguridad (sea este chileno, francés o de cualquier
nacionalidad).
Algunos
hijos desean protegerse del sufrimiento activado por la memoria e intentan
distanciarse de ella, declarando que "son
sus fantasmas y no los míos". Gabriela, 22 años, llegó a Francia
en 1980 con su madre después de haber sido las dos detenidas en Chile.
Pero la memoria y el sufrimiento están presentes y, a veces, son asumidos
y reivindicados por los hijos. Su relación con la memoria es entonces
ambivalente.
- De
los sentimientos ambivalentes
Los hijos
de los refugiados tienen una relación ambivalente con Chile, país de ensueño,
cuya imagen se ve alterada por la nostalgia y las narraciones magnificadas
de los padres, donde "las naranjas
son del tamaño de los melones": los hijos han elaborado la representación
de una tierra originaria, "tierra de los colores del Edén",
un hipotético refugio. Pero este paraíso representa, también, un paisaje
de sufrimiento graficado por las imágenes en blanco y negro de los bombardeos
sobre la Moneda. Un lugar de injusticia en el que reina la impunidad y
la negación oficial, situación que resulta más intolerable para estos
jóvenes, que para sus mismos padres, ya que fueron educados en los cursos de "educación cívica" de
la escuela republicana francesa.
Durante
los viajes que algunos de ellos realizan a Chile,
toman conciencia de los lazos contradictorios que los unen a este
país, donde vive una familia desconocida e idealizada por la distancia,
y con la cual las relaciones son generalmente una decepción :
"Antes yo me hacia ideas, idealizaba, fantaseaba...allá he visto. [la familia]
sigue siendo por mucho tiempo, algo lejano, imaginario, y de repente...ya
era casi demasiado tarde cuando yo fui...mis tíos y mi familia son casi
unos extraños, aunque los conozca." Isabel, 28 años, llegó con
sus padres a Francia en 1976.
El
primer viaje que se realiza, a menudo, durante el verano austral y que
corresponde al invierno europeo, es el viaje de la alegría, del descubrimiento.
Los siguientes suelen ser los viajes
de la desilusión. Las imágenes elaboradas durante la niñez se encuentran
con la realidad de las poblaciones, con una sociedad chilena dividida
y, la mayor parte del tiempo, silenciosa sobre su historia contemporánea.
Esta
ambivalencia de sentimientos se relaciona también con la militancia de
los padres. Algunos de sus hijos se sienten un poco aplastados por estos
héroes míticos que sus padres creen ser. Ellos, que han participado en
un gran movimiento social y político, en un momento que caracterizan,
como de gran libertad y solidaridad social, que han recorrido y sobrevivido
a tantas experiencias difíciles, "luchando
por sus ideas", representan para sus hijos, figuras ejemplares.
Las narraciones heroicas de sus padres, así como la imagen positiva del
refugiado latinoamericano que tienen las sociedades de acogida en Europa,
permiten construir una cierta mistificación de la Unidad Popular y de
los acontecimientos del golpe y post-golpe. Estos personajes, modelos
a seguir, parecen ser aplastantes: los hijos piensan que jamás conocerán
situaciones similares y que nunca podrán "pasar
su prueba" como si las experiencias extremas de la generación
anterior, obstruyeran su
realización personal.
Sin embargo,
los hijos reivindican orgullosamente la herencia ideológica de estos ex-militantes,
muchos de los cuales siguen estando activos. Esta transmisión se refiere
más a los valores fundamentales de una sensibilidad de izquierda, que
a los de ideologías más puras. Todo lo anterior, lleva a los hijos a comprometerse
en diferentes luchas; por ejemplo, los sin-papeles, la defensa de la escuela
pública, la ecología, entre otras. De hecho, hijos y padres pertenecen
a dos generaciones socio-históricas socializadas en épocas y espacios
muy distintos, y ambas tienen no sólo una visión política diferente, sino
contrastada. Los padres son definidos por sus hijos como "idealistas
y utópicos", y no se reivindican como marxistas revolucionarios.
Los hijos, a su vez, son llamados "cartesianos
y racionalistas" por sus progenitores. En la trasmisión hay una
reinterpretación, y una verdadera apropiación de una herencia política
que, al mismo tiempo, es profundamente estructurante.
Esta reinterpretación de la memoria de la familia se expresará en las
formas y en las significaciones del compromiso de los jóvenes durante
la movilización contra Pinochet.
De este
modo, durante el caso Pinochet, los hijos van a descubrir,
a veces, a través de la prensa o de la televisión, los testimonios de
sus padres. Así, muchas discusiones surgidas en las familias, a raíz del
evento, despiertan su interés por esta historia: ya no dudan en interrogar
a los padres y en consultar los múltiples documentos escritos y audiovisuales
que abundan en los medios, para llenar los espacios vacíos de la memoria.
Durante las manifestaciones, los hijos aprenden también a "conocer y reconocer" a sus progenitores en los rostros de los manifestantes, cuyas expresiones
les parecían, hasta ese momento, exclusivamente paternas.
De hecho,
los hijos de refugiados se unen a las manifestaciones organizadas por
las redes comunitarias. Para sus padres, la participación masiva en ellas,
representa "un maravilloso
regalo". Esos padres, desde muchos años, temían que uno de los
corolarios coercitivos del exilio significara que sus hijos se convirtieran
en "francesitos que han olvidado
y que no se interesan por Chile". Al
tomar conciencia que,
pese a los silencios, se han transmitido sentimientos de pertenencia y
un fuerte nexo con su historia. En un principio, la presencia de estos
"cabros"
era más bien una manera de apoyar solidariamente a sus padres, considerados
entonces los verdaderos actores del asunto; pero se produce una transformación,
gracias a un núcleo de hijos de refugiados entre 15 y 40 personas que, durante todo el conflicto al no poder siempre
entenderse con sus mayores, se organizan
convirtiéndose en una fuerza autónoma de potenciación del movimiento.
Rechazando así el "entre-soi"
protector de sus padres, hartos de las incesantes discordias que,
según ellos, debilitaban la movilización y no pudiendo concebir, en Paris,
al final del siglo XX, la presencia de esas reliquias de la Unidad Popular
("tienen 25 años y 40.000 kilómetros
de atraso !), los hijos
de refugiados intentan ampliar la movilización a la sociedad en la que
viven. Estos franco-chilenos desarrollan, de esta manera, una lucha más
ejemplar que la de los "viejos",
es decir, extraterritorial, creando una asociación
junto a jóvenes de otras
nacionalidades. Dirigen sus acciones de protesta, reflexión e información
a la población francesa, en sus universidades, colegios, lugares de trabajo,
etc. Su solidaridad concreta con otros movimientos, tales como los sin-papeles,
confirma el carácter ejemplar de su lucha. Sin embargo, los jóvenes no
dejan de construir, también,
un espacio de "entre-soi" en el que las trayectorias, los cuestionamientos
de identidad, los vacíos de la memoria individual
encuentran, por fin, un eco colectivo. Además, desarrollan un proyecto
de investigación histórica sobre la represión militar chilena, iniciativas
socio-culturales (conciertos, fiestas, presentaciones de documentales,
apadrinamiento de un hogar de menores en Chile, y otros.), redefiniendo
prácticas y valores portadoras de identidad.
De tal
manera, el idioma que usan, el "frañol"
(una mezcla de francés y de castellano),
es tanto un marcador de identidad, así como la huella de una acción
transformadora de la doble herencia cultural. De hecho, el idioma está
impregnado de la relación que los hijos de exiliados tejen con la historia
paterna y la tierra originaria. "El individuo que habla es "actuado
por las palabras" (Jean-Paul Sartre) que enuncia, en el sentido que
con las palabras establece relaciones con las cosas, los eventos y las
situaciones."
Y el lenguaje reinventado que usan los hijos de refugiados, pasando con
facilidad de una lengua a la otra, creando nuevas palabras (afrancesadas
o chilenizadas), nuevas expresiones, los distingue de los dos grupos de
referencia: ni franceses ni chilenos,
proclamándose herederos de una doble cultura.
Sin embargo,
todos ellos afirman que el caso Pinochet les permitió "reanudar
la identidad chilena", las manifestaciones, fiestas y reuniones
en las cuales participan.
Son un espacio de recreación de una atmósfera socio-cultural propia del
exilio chileno. El español que se habla, la música latina que se escucha,
la salsa que se baila y el vino que se toma, el olor del pan amasado que
se disfruta, son, efectivamente, varios de los soportes de la identidad.
"Me sentí chilena ante todo,
no me sentía francesa panada", dice Valeria, 21 años, hija
de exiliados, llegados a Francia en 1974, quien evoca, al mismo tiempo,
su "desgarradora doble identidad":
"En Chile soy francesa, pero en Francia soy chilena. [...] Está claro,
tengo una cultura francesa, pero no puedo ser francesa. No puedo ser chilena
tampoco, pero me siento más chilena que francesa."
- De
las estrategias de identidad (identitarias) a la apropiación
La
identidad, como la memoria, es un concepto dinámico, y la cuestión revela
menos de la noción de herencia que de la noción de uso. Los hijos de refugiados
elaboran verdaderas estrategias
de identidad,
"bricolando" las dos culturas y los sentimientos ambivalentes
que tienen hacia la historia paterna.
Así,
si algunos jóvenes se identifican con sus padres y con la generación del
exilio, se autodenominan "exiliados" aunque hayan nacido en Francia, otros, se vinculan
más con el espacio nacional
y deciden, por ejemplo, "volver"
a Chile aunque sus padres se queden en Francia. Finalmente, son varios
los que afirman y resaltan una identidad que califican como chilena, aunque
nunca hayan pisado Chile. Hay que precisar que la figura del exiliado,
sobre valorizado, brilla sobre los jóvenes: hijos de héroes, hijos de
un mundo exótico realzado por la moda latina
en Europa, por los estereotipos de la picante
salsera y del latin-lover.
Esta etiqueta de identidad les aporta beneficios secundarios. Alfonso,
21 años, hijo de exiliados chilenos llegados a Francia en 1976, vive en
una localidad de la periferia parisina y es constantemente sometido a
controles de identidad por la policía, a raíz de su "look de joven
de banlieue", sospechoso de ser "árabe o chino". Alfonso
revierte esta estigmatización,
auto- proclamándose chileno y apoyando esta identidad con prácticas lingüísticas,
festivas y deportivas para que ésta sea significativa tanto para él como
para los demás.
Otros
jóvenes le confieren a esta situación socio-cultural mixta, un carácter
positivo: se dicen dotados de una cultura francesa, pública, que
requiere de la razón, de la ciencia y de los valores democráticos,
pero también de una herencia chilena. Este último pertenece a la esfera
familiar y se inclinaría mas bien hacia los sentimientos, los sentidos
y las relaciones humanas percibidas como ricas y cálidas: estos jóvenes
estarían constituidos por "lo mejor del espíritu francés y de la naturaleza chilena". Estas
dos herencias adquiridas, complementarias, se mezclan entonces, y algunos
de los hijos de la migración evitan todo conflicto de identidad,
declarando ser, simplemente, "ciudadanos
del mundo".
El
caso Pinochet revaloriza la figura del exiliado chileno. Durante
el caso, los hijos se sienten y se definen chilenos, aunque al interior
del grupo comunitario se diferencien de sus mayores: renegociada, la identidad
problemática es, entonces, resuelta en el grupo de pares. Juntos, los
hijos de refugiados se sienten y se definen como hijos del exilio, como
el "fruto de todo eso", pequeños chileno-franceses o franco-chilenos, nacidos
de lo político, a caballo de la migración.
De
esta forma, toman sentido
las historias familiares que los han conformado en lo que son hoy día.
La memoria, despersonalizada, puede inscribirse en un movimiento colectivo
de redefinición de los sentimientos de pertenencia y de los lazos que
con ella existen, volviéndose historia, una historia en la que ellos tienen
el sentimiento de participar. Su fuerte compromiso en la movilización
es una afirmación de esto, una reafirmación, vista por los padres y por
el entorno como una afiliación voluntaria a esta historia y de la que
se apropian según sus dobles referentes socio-culturales.
A
lo largo del caso Pinochet, el teatro imaginario se vuelve
real. La transmisión efectiva de la memoria familiar que entra en juego
y la acción colectiva permiten que los hijos habiten este teatro. Actores
a cien por ciento de la movilización y progresivamente reconocidos y respetados
por sus mayores, los hijos "crecen" y retoman la bandera de
la militancia familiar, viviendo a su turno, un formidable movimiento
social. Es justamente la apropiación de la memoria colectiva y familiar
lo que puede constituir al sujeto, un sujeto libre, actuando sobre el
presente
y no invadido o aplastado por su pasado ni por su herencia.
Así,
como las imágenes de un calidoscopio se hacen y deshacen indefinidamente,
dibujando nuevas formas y figuras, conservando siempre los mismos materiales,
podemos representarnos el objeto memoria. Fluida, en constante cambio
pese a su carga traumática, la memoria del exilio chileno evoluciona en
el tiempo, marcada por los distintos acontecimientos que tiene lugar tanto
en la comunidad como en las familias y en los corazones, unida por los
lazos comunitarios, también cambiantes. De esta manera, el caso
Pinochet ha venido a efectuar un giro de 180 grados sobre la situación
del "entre-deux" vivida por los refugiados chilenos en su fase
de post-exilio, y a cuestionar profundamente las relaciones atormentadas
que estos mantenían con la memoria colectiva y familiar del exilio y de
la violencia. El caso Pinochet actúa en esto como una crisis
reveladora, disparadora y cristalizadora, revelando hasta que punto la memoria es un proceso
dinámico en constante movimiento de composición, descomposición y recomposición.
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